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Basílica de El Carrizal
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UNIDOS A NUESTRO PASTOR
El 6 de Febrero de 2010, se realizó en Coro, Edo. Falcón, una marcha y concentración en apoyo a la Iglesia Católica y especialmente al Arzobispo Mñor. Roberto Luckert, quien fue declarado por el Consejo Legislativo, persona "non grata". A pesar de haber tenido poco tiempo para prepararla, la afluencia fue buena y muy entusiasta.
Palabras de Mons. Julio Urrego en la concentración de Mons. Luckert
Profeta es aquel que tiene que decir una palabra de parte de Dios. Todos somos profetas desde nuestro bautismo, en el que fuimos ungidos con el óleo santo para significar nuestra condición de sacerdotes, profetas y reyes, a imagen de Jesucristo.
El profeta es aquel que saca la Palabra de Dios a la calle, porque la fe no se debe encerrar en los templos. Aquí se celebra, se comparte y se acrecienta, pero la fe y la Palabra de Dios se viven en la calle, en la familia, en el trabajo y en cualquier tribuna pública.
La fe no es para guardarla ni encerrarla en el ámbito privado, porque su luz ha de iluminar donde hay oscuridad. “No se enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama –decía Jesús-- sino para ponerla en el candelero y que alumbre toda la casa”.
Cada cristiano participa en la misión profética de Cristo. Todos y cada uno tenemos la obligación de proclamar, con hechos y con palabras, el mensaje que Dios nos mande. A veces nos da miedo hablar y tenemos vergüenza de presentarnos como cristianos. Que El Señor nos ayude a sacudir nuestra cobardía
“Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno te consagré; te nombré profeta de los gentiles" (Jr 1, 4-5). Y Yahvé extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: He aquí que yo pongo mis palabras en tu boca.
Dios ha escogido a Jeremías. Desde siempre había pensado en él, antes incluso de ser concebido. Ahora ha llegado el momento de llamarle, de ungirle, de enviarle. Será profeta de los gentiles (paganos); será portavoz del mensaje de Yahvé; llorará atormentado ante su pueblo, porque el enemigo está a punto de caer furiosamente sobre Jerusalén.
Pero sus palabras no serán atendidas. El profeta tendrá que ver, con profunda tristeza, que su pueblo no teme el castigo de Dios.
Escuchen bien, profetas de Dios, hombres consagrados y enviados a predicar. Sigan hablando, sigan gritando. No se cansen de llamar. No se desalienten ante tanta sordera, ante tanta indiferencia, ante tanto desprecio. Sus palabras no son baldías; no se quedarán sin encontrar eco, sin obtener una respuesta.
Que no importe el aparente silencio. Al final, cuando sea, donde sea, sus palabras, como esas semillas que lleva el viento, encontrará tierra buena donde echar raíces. Nacerá la hierba, brotará la flor y granará la espiga.
Sigan hablando de ese Dios que es justicia, de ese Dios que perdona, de ese Dios que por amor corrige. En algún corazón prenderá su palabra. Vayan seguros y sigan sin desaliento su siembra; aunque sea con la voz rota.
"Tu, cíñete y prepárate…” (Jr 1, 17). El profeta ha de ajustarse la túnica y ponerse en pie. Es la actitud de quien se dispone a caminar, del que comienza la lucha. Palabras imperiosas que vencen la resistencia del profeta. No le valió su objeción: ¡que no sé hablar! ¡ que soy demasiado joven!
Nos les tengas miedo, respondió Yahvé, que si no, yo te meteré miedo de ellos.
Y Jeremías, en medio de su miedo y de sus luchas, seguirá hablando con valentía, con audacia, con claridad. Se cumplió lo que Dios le prometió: “Mira, yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país... Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.”
Fotografías cortesía de la Sra. Carmita Lorenzo de Azzalin
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